Templarios,los caballeros de Cristo
1ª parte
Remontémonos en el tiempo hasta finales del siglo X. Los cristianos se
habían puesto en camino para dirigirse en peregrinación hacia los
lugares donde estaban enterrados los santos. Estos últimos habían
intercedido sin duda en favor de los hombres y Dios, había acabado
dejándose conmover aplazando la destrucción prevista para el año 1000.
Uno de los más eficaces debió de haber sido Santiago, quien, en
Compostela, atraía a miles de hombres y de mujeres que abandonaban su
familia, su trabajo, dejándolo todo para ir a rezarle en ese lugar de
Galicia donde la tierra termina.
Se había estado muy
cerca de la catástrofe definitiva, y las hambrunas del año 990 eran la
prueba de ello. Se había evitado lo peor, y se conocía la forma: preciso
era que los hombres emprendieran una y otra vez el camino, que los
monjes orasen, que todos hicieran penitencia. ¿No convenía ir más lejos,
llevar a cabo la última peregrinación, la única verdaderamente
merecedora del viaje de una vida? O sea, ir a los lugares en donde el
hijo de Dios había sufrido para redimir los pecados de los hombres:
Jerusalén.



